Siempre le había agradado el viento de las colinas, y por eso las subía a menudo. Estaba acostumbrado a las caminatas, e iba siempre con calma, de a poco, como para que el cansancio no alcanzara a tocarlo. Ese día estaba especialmente pensativo, y no estaba seguro de dónde ir, así que se quedó en su departamento rumiando su soledad al ritmo de música clásica. El tiempo pasaba en el sillón negro, de cuero, que parecía resaltar el calor del sol hasta hacerlo infinito. Cansado, miró por la ventana. La ciudad se extendía a su modo, lleno de ese gris característico, medio derretido por el sol. Porque todo parecía derretirse en aquel día de calor: los ventiladores, su equipo de música, él mismo, haciéndose como parte de las cosas. Sus ojos, algo encandilados, se tomaron su tiempo en observar a las personas pasar. Si bien sus vidas no eran de su interés, le parecía interesante observar cómo se cruzaban en el camino de sus ojos. Los gestos eran variados, y las personas también. Se dio cuenta que observar solamente no le daría ningún fruto. Estaba a punto de levantarse cuando lo vio. Siempre había estado allí, o al menos daba esa impresión. Era frondoso, viejo, casi eterno, vigilante. El bosque de la esquina de la ciudad lo invitaba a visitarlo.
A pesar del clima, se vistió con ropa de mangas largas, como precaución, y calzó zapatos gruesos, como los que llevaba a escalar. Sin pensarlo mucho, ya había echado la llave y se aprestaba a comenzar.
El principio del bosque se veía como una puerta abierta, los árboles a los lados proyectando su sombra. Caminó como siempre, paso a paso, observándolo todo. Los árboles eran frondosos y altos, y comenzaban a apretarse a medida que avanzaba. Poco a poco se fue dando cuenta de las diferencias entre las colinas y el bosque: en las primeras la vista se hacía más amplia a medida que se avanzaba, y era posible ver a su alrededor con menos detalle. Se veía más, pero se distinguía menos, pues los ojos de los hombres no están hechos para observar muy grandes distancias. En los bosques, eso se hacía a un lado, pues al avanzar se veían cada vez menos las distancias, y sin embargo todo era detallado. Cada tronco de cada árbol tenía una diferencia, sutil pero visible, que se notaba más a medida que los árboles lo rodeaban.
¿Quién eres? dijo de pronto, como poseído por una extraña locura ¿como para creerte capaz de rodearme sin aviso, y hacer que mis ojos se pierdan? Porque yo no soy nadie y soy, a medida de que existo, y es la luz la que hace que mis ojos te vean. Si tu oscuridad me cubre como un manto y me hace invisible para mí mismo, no estaré seguro de mí existencia y tú tampoco: ambos nos perderemos si no encontramos la respuesta
El bosque respondió con el silencio. El caminante paró de repente, horriblemente cansado, como si al decir esas palabras hubiese utilizado toda su energía. Parecía que le iba a ser imposible levantarse. Sus ojos se cerraron y la oscuridad fue su compañera. Los árboles parecían moverse al ritmo de sus ramas y avanzar, como expandiéndose en la distancia mientras el viajero experimentaba sensaciones que jamás había conocido. Fue como si fuera cada bandolero de los tiempos antiguos escondido con cautela entre las ramas, como si fuera cada caminante, cada viajero, cada piedra, cada flor. Creía que la muerte se lo llevaría con los pasos crujientes de los árboles movedizos, que hacían temblar la tierra. El sol, sin embargo, rebotó en sus ojos que abrió como por instinto. Seguía sentado entre los árboles expectantes. Al parecer le habían dado su respuesta.













Comments
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There is only one way to solve this problem... WITH EXTREME VIOLENCE!
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I'm looking for the impossible: I'm looking to be lost...
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